- Muy bien, entonces nos vemos el lunes a las cuatro, gracias.
Allí me encontraba frente a un edificio de departamentos en pleno Belgrano un lunes de verano instantes previos a que mi reloj marcase las cuatro en punto. Una voz dulcemente autoritaria sonaba desde adentro: pase por favor.
Un comedor no muy luminoso, muebles tradicionales y una mesa repleta de pequeños platitos delicadamente preparados con cosas sencillas, algunas canastitas con sobrecitos de te, y en la cabecera ella: ¿la profesora?
Ese fue el comienzo de una relación que lleva algo así como seis años. Años en los que las dos pasamos por múltiples avatares y emociones, eufóricas charlas y melancólicas reflexiones. Fui su alumna, su enfermera y aunque ella no me lo haya dicho pero si sus más allegados, “la hija que no tuvo” durante un doloroso año que le tocó vivir.
Enseguida me encontré a gusto en su casa, en su taller. El primer día, tal vez porque llegué a horario, me ubicó a su izquierda. Sentí su perfume, el de una mujer muy distinguida. Mi abuela decía, la clase se huele y es cierto. Ella es una mujer de las que le hubiese gustado conocer Mam, y por cierto, mi profesora, es muy parecida a ella.
E. llegó a mi vida apenas después de que perdiese a mi querida Mam. Allí sentada en la más absoluta comodidad, en mi silla de todos los lunes le mire las manos, las mismas de mi abuela. Delgadísimas, transparentes mostrando sin pudor sus ramitas azules, siempre con algún anillo delicado.
Es un placer escucharla, me hace reír, llorar, pensar. Nunca disfruto tanto de la lectura como cuando desglosamos un texto juntas. Y sus caras me dan mucha gracia. La siento cercana, familiar. Le gustaron mis cuentos desde el principio, me decía que tenía pasta y le creí. Cuando le conté que tenía en mente publicar un libro de cuentos se entusiasmó mucho y fue ella la que presentó aquella edición de tapa azulada. Pasó el tiempo, pocas veces falté a su taller de los lunes y brindamos para fin de año juntas un par de veces. A ella también le gusta el champagne.
- Señorita, a E. La internaron, lo siento, es para avisarle que no habrá clase mañana.
- Espere, quiero ir a verla, ¿a dónde está?
- En el Sanatorio de la Trinidad, gracias.
No esperé, algo me decía que era urgente. Cuando llegué, en la antesala del tercer piso, vi a un hombre apoyando los codos en las rodillas. En el sillón contiguo otro más joven, desconocido.
- ¿Alguno de ustedes es familiar de E.?
Cuando el hombre de mas edad levantó la cabeza, lo reconocí de inmediato, era P., el marido de E. Lo había visto de “reojo” desde mi silla del taller algún que otro lunes. El llegaba de trabajar y sin interrumpir la clase, iba directamente a la cocina y tomaba un vaso de agua. Una rutina que yo ya conocía y esperaba los lunes. En medio de la clase, primero la llave, luego la tos y finalmente el paso por la cocina. Todo invisiblemente perceptible.
- Hola, disculpame ¿vos quien sos?
- Sonia, una alumna de los lunes. ¿Cómo está E.?
- La tienen que operar, seguramente mañana.
- ¿Puedo verla?
En ese momento un hombre muy parecido a P., era obvio que se trataba de su hijo, se levantó muy estoicamente y se presentó:
- Mucho gusto, soy G., el hijo.
- Va a estar todo bien.
- Vení, te acompaño a la habitación, se va a alegrar al verte.
Por suerte tenía razón, en medio de la angustia, la incertidumbre y la sorpresa de estar allí, sonrió y me extendió su delicada mano.
- Las dejo solas, dijo G. dando media vuelta y cerrando con firme delicadeza la puerta ancha y gris de la habitación.
Pasé muchos días, mas de un mes acompañando a E. y hoy todo lo que parecía ser irremediable se transformó en un recuerdo. Pasamos muchos momentos especiales allí en el sanatorio. Conocí a todos los integrantes de su familia, le hice de “pantalla” cuando no quería recibir “visitas inoportunas”, le hice masajes en los pies, la ayudé a comer y hasta saboreé su comida. A ella le gustaba más sazonada, pero como a mi al mediodía me da igual, sólo necesito ingerir “algo” para que no me baje el azúcar. Cuántas anécdotas, televisión, malos humores, sueños compartimos por durante tantos días...
Luego, algunos meses en su casa hasta la primera salida a tomar algo que tuve el privilegio de compartir con sus dos mejores amigas.
- Champagne mozo.
- Pero...hace meses que no tomo, ¿y si me hace mal?
- Noooo, vamos así nos ponemos alegres y todo pasa mejor, ¡dale E.!
- Está bien....
Luego, la irremediable pérdida de su compañero. Mejor no hablo mucho de eso, pero pasó. Traté de acompañarla lo más que pude y sin perturbar la intimidad que la familia requirió. Sin embargo, la presentación de una novela corta que me ayudó a escribir, sirvió para que se pusiera su visón largo y allí estuviese. No me dejó sola.
Hace pocos días volví a sentarme cerca de ella aunque no tan pegadita como en aquellos tiempos. Y me doy cuenta de que en ese lugar estoy más cómoda. Miro sus manos...es la primera vez que le veo las uñas pintadas de rojo...querría preguntarle que le dio, pero no me animo...
Para E., con atrevido respeto y amor. Sonia, junio de 2009.
martes, junio 30, 2009
miércoles, mayo 13, 2009
Magnolia
Blanca, bella, de contornos lanceolados - allí donde la naturaleza los requiere-, intensa, dulce, solitaria...
Allí estaba al borde del Pacífico, acariciada por una mujer, quien en la soledad compartida de los sentidos, recitaba en voz muy baja:
“Al golpe de la ola contra la piedra indócil
la claridad estalla y establece su rosa
y el círculo del mar se reduce a un racimo,
a una sola gota de sal azul que cae.
Oh radiante magnolia desatada en la espuma,
magnética viajera cuya muerte florece
y eternamente vuelve a ser y a no ser nada:
sal rota, deslumbrante movimiento marino.
Juntos tú y yo, amor mío, sellamos el silencio,
mientras destruye el mar sus constantes estatuas
y derrumba sus torres de arrebato y blancura,
porque en la trama de estos tejidos invisibles
del agua desbocada, de la incesante arena,
sostenemos la única y acosada ternura.”
Delfina, frente al mar de Neruda, en brazos de su madre parecía una magnolia: suave y perfumada, persistente y entera, delicada como el perfume de esa flor.
Sonia, 1 de mayo de 2009, Para vos hija mía, en el mes de tu cumpleaños.
Allí estaba al borde del Pacífico, acariciada por una mujer, quien en la soledad compartida de los sentidos, recitaba en voz muy baja:
“Al golpe de la ola contra la piedra indócil
la claridad estalla y establece su rosa
y el círculo del mar se reduce a un racimo,
a una sola gota de sal azul que cae.
Oh radiante magnolia desatada en la espuma,
magnética viajera cuya muerte florece
y eternamente vuelve a ser y a no ser nada:
sal rota, deslumbrante movimiento marino.
Juntos tú y yo, amor mío, sellamos el silencio,
mientras destruye el mar sus constantes estatuas
y derrumba sus torres de arrebato y blancura,
porque en la trama de estos tejidos invisibles
del agua desbocada, de la incesante arena,
sostenemos la única y acosada ternura.”
Delfina, frente al mar de Neruda, en brazos de su madre parecía una magnolia: suave y perfumada, persistente y entera, delicada como el perfume de esa flor.
Sonia, 1 de mayo de 2009, Para vos hija mía, en el mes de tu cumpleaños.
martes, mayo 05, 2009
TARDE CHINA

Atormentada con la mitad del cerebro “que se le parte”, decide entrar en el boliche de Ángela como ella lo llama. Se trata de un local pequeño, modesto pero con un plus frente a los otros del barrio chino: tiene el consultorio multipropósito a la vista. Y eso es mucho.
Ángela, la masajista, dietóloga, psicóloga, traumatóloga, y lo que venga a la hora de diagnosticar y curar dolencias, la recibe con una sonrisa. Se ha cortado el pelo que por cierto le queda muy bien. En las sillas de cromado y cuerina negra que se encuentran alineadas mirando hacia la vereda, descansan sus pesares mujeres occidentales de mediana edad. Esperan sin ansiedad su turno. El aire es pesadamente acogedor.
Sin embargo, Ángela le indica a la joven mujer de la que les hablo, que se recueste boca abajo en una especie de silla diseñada para masajes cervicales. Alguna vez las he visto en aeropuertos y en centros comerciales.
Todo transcurre allí, a la vista de los transeúntes de un domingo de otoño en la ciudad de Buenos Aires. Sus manos poderosas y sus codos incisivos recorren la espalda de la mujer. Desde el huesito dulce hasta el cuello. Ángela toma una banda elástica del escritorio que esta próximo a ella y le sujeta el pelo. Lo hace con extrema delicadeza. Le miro las manos: son bellísimas.
La paciente no habla pero respira profundamente cuando Ángela hace mayor presión en su piel. Tiene los ojos cerrados y parece estar relajada. En la sala entra y sale gente continuamente, diálogos incomprensibles entre Angela y Fanny (su socia) se suceden entre risas cómplices y burlonas. Me pregunto qué dirán, no entiendo nada del idioma chino. Si bien el local tiene algo de sordido, es atractivo. Una mujer entra e interrumpe a Ángela argumentando que “se levantó entumecida”. ¿Cómo podría la masajista china entender esa palabra?. Pero le responde con seguridad: “señola esta mal, muy mal pelo vamo a tratal con acupuntura...Ahola no tengo tulno”.
Deja descansar a su paciente y le da una tarjeta a la mujer indicándole de modo imperativo que llame y pida turno. La clienta en potencia la toma y bajando la cabeza, asiente. Se va en paz, sabiendo que hay alguien que la puede ayudar.
Acto seguido suena el celular de Ángela. Otra vez interrumpe el masaje pero solo de un lado pues con la mano derecha mantiene una conversación y con la otra sigue vapuleando a la mujer.
- “¿Cómo ta? ¿Todo bien, vo?”.
- Toy trabajando, sino no comel, mañana vení”.
Por la sonrisa y el rubor de su cara percibo que habla con un candidato que no es chino. El le pide que le mande un beso con ruido y todo: ella lo hace y cuelga.
Pasó media hora y la masajeada se levanta, se acomoda un poco el pelo, paga, le da un beso a Ángela y la felicita por el corte de pelo. Le dice que con él tendrá muchos novios argentinos. Ella se sonroja y le dice que no, que el señor que está repartiendo volantes ahí, muy cerquita en la vereda, es el marido...
Sonia, 26 de abril de 2009.
miércoles, abril 29, 2009
Monólogo
Nací entre la vanguardia de los sesenta y el atrevimiento de los setenta: año 1964, cuando muchos escritores dieron a luz su mejor obra y la bossa nova y el jazz sorprendieron a los amantes de la música. Me enorgullezco de aquella época y compruebo que cada vez que indago el año de producción de una obra literaria, una composición musical distinta, impactante...esos cuatro números me sorprenden: 1964.
Mujeres con vestidos Jackie, collares de perlas y algunas con un plus de sensualidad: la boquilla en los labios.
Si bien nada mejor que las experiencias personales para sellar las propias épocas, por década resulta mas fácil, y uno sin querer dice por ahí: “los ochenta fueron bomba”, “en los noventa trabajé como nunca”, etc.
Yo recuerdo los setenta como la década más jugosa que viví hasta ahora, lo que no significa que allí pueda ubicar mis mejores recuerdos ni mis mayores logros. Emigré allá por el ´71 con sólo siete años de edad. La escuela primaria fuera de mi país, los símbolos patrios ajenos, los próceres desconocidos con los que debí encariñarme forzosamente. Simón Bolívar me suena más familiar que San Martín y al himno de Venezuela aún lo tarareo. Como dice un escritor argentino: “La patria es la infancia”. Allí y en esa década conocí el valor de la amistad, el primer amor, mis primeros actos de independencia. Me gustaba la moda de entonces. Los muebles con diseño y personalidad, mi madre con aquellos pantalones acampanados y las camisas de seda al cuerpo. Collares largos y plataformas, el pelo lacio y suelto hasta la cintura.
En casa se escuchaba a Serrat y se leía a Manuel Puig. Me deleitaba leyendo y releyendo los lomos de los libros de la biblioteca del living: Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges...
A fines de esa década regresé a mi país y la música disco retumbaba en los programas de radio, en las fiestas a las que empecé a ir y en el “tocadiscos “ de papá. El no lo usaba pero como cerca de mi casa , del otro lado de la plaza se había instalado la diskería (sí, así se escribía) de onda de entonces, él me regaló varios LP que pude escuchar hasta el cansancio: Electric Light Orchestra, Saturday Night Fever y Air Supply. Acompañan esos recuerdos musicales el atuendo ahora ridículo que llevábamos: calzas brillantes, remeras estampadas, sandalias de taco altísimo y el maquillaje con brillantina. ¡Qué alboroto el sábado a la tarde para semejante “pinta”!. Pero claro, no existía la inseguridad en las calles céntricas por donde merodeábamos con amigos hasta tarde y muchas veces tanto que al regresar a mi edificio, encontraba al encargado baldeando la vereda.
En los noventa ya tenía veinticinco años, sin duda la edad de los desencantos amorosos y el “después de” finalizados los estudios universitarios. Por suerte trabajaba y tenía novio formal pero aquello no impedía que arrastrara conmigo incertidumbres, miedos y vacíos a los que hace algunos pocos años pude darles mi primer adiós.Y bueno, digamos que para mi los noventa fueron una década de “construcción de mi personaje”. Durante ellos sufrí muchos vaivenes emocionales, percibí la oscuridad y temí al espiral descendente de la angustia; pero también disfruté el resurgir de mis vocaciones mas profundas. Gesté a mi hija y en el borde del 2000 la traje al mundo. Al poco tiempo planté un Ginko Bilova y un poquito más tarde escribí mi primer libro. Acompañada por mi compañero de ruta acá estamos ya en el dos mil nueve, y durante esta década ocurrieron en mi muchos cambios externos importantes. Mi madurez junto a ellos y la revolución que sufren las mujeres a partir de los cuarenta. Nunca imaginé que fuese cierto que estos serían mis mejores años. Probablemente porque puedo ensamblar aquella que soy, aquella que quiero ser y aquella que los demás esperan que sea. ¡No es poco!
Mujeres con vestidos Jackie, collares de perlas y algunas con un plus de sensualidad: la boquilla en los labios.
Si bien nada mejor que las experiencias personales para sellar las propias épocas, por década resulta mas fácil, y uno sin querer dice por ahí: “los ochenta fueron bomba”, “en los noventa trabajé como nunca”, etc.
Yo recuerdo los setenta como la década más jugosa que viví hasta ahora, lo que no significa que allí pueda ubicar mis mejores recuerdos ni mis mayores logros. Emigré allá por el ´71 con sólo siete años de edad. La escuela primaria fuera de mi país, los símbolos patrios ajenos, los próceres desconocidos con los que debí encariñarme forzosamente. Simón Bolívar me suena más familiar que San Martín y al himno de Venezuela aún lo tarareo. Como dice un escritor argentino: “La patria es la infancia”. Allí y en esa década conocí el valor de la amistad, el primer amor, mis primeros actos de independencia. Me gustaba la moda de entonces. Los muebles con diseño y personalidad, mi madre con aquellos pantalones acampanados y las camisas de seda al cuerpo. Collares largos y plataformas, el pelo lacio y suelto hasta la cintura.
En casa se escuchaba a Serrat y se leía a Manuel Puig. Me deleitaba leyendo y releyendo los lomos de los libros de la biblioteca del living: Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges...
A fines de esa década regresé a mi país y la música disco retumbaba en los programas de radio, en las fiestas a las que empecé a ir y en el “tocadiscos “ de papá. El no lo usaba pero como cerca de mi casa , del otro lado de la plaza se había instalado la diskería (sí, así se escribía) de onda de entonces, él me regaló varios LP que pude escuchar hasta el cansancio: Electric Light Orchestra, Saturday Night Fever y Air Supply. Acompañan esos recuerdos musicales el atuendo ahora ridículo que llevábamos: calzas brillantes, remeras estampadas, sandalias de taco altísimo y el maquillaje con brillantina. ¡Qué alboroto el sábado a la tarde para semejante “pinta”!. Pero claro, no existía la inseguridad en las calles céntricas por donde merodeábamos con amigos hasta tarde y muchas veces tanto que al regresar a mi edificio, encontraba al encargado baldeando la vereda.
En los noventa ya tenía veinticinco años, sin duda la edad de los desencantos amorosos y el “después de” finalizados los estudios universitarios. Por suerte trabajaba y tenía novio formal pero aquello no impedía que arrastrara conmigo incertidumbres, miedos y vacíos a los que hace algunos pocos años pude darles mi primer adiós.Y bueno, digamos que para mi los noventa fueron una década de “construcción de mi personaje”. Durante ellos sufrí muchos vaivenes emocionales, percibí la oscuridad y temí al espiral descendente de la angustia; pero también disfruté el resurgir de mis vocaciones mas profundas. Gesté a mi hija y en el borde del 2000 la traje al mundo. Al poco tiempo planté un Ginko Bilova y un poquito más tarde escribí mi primer libro. Acompañada por mi compañero de ruta acá estamos ya en el dos mil nueve, y durante esta década ocurrieron en mi muchos cambios externos importantes. Mi madurez junto a ellos y la revolución que sufren las mujeres a partir de los cuarenta. Nunca imaginé que fuese cierto que estos serían mis mejores años. Probablemente porque puedo ensamblar aquella que soy, aquella que quiero ser y aquella que los demás esperan que sea. ¡No es poco!
lunes, febrero 16, 2009
¡Hola! Muchas gracias por haber entrado en mi blog.
La idea es publicar relatos/cuentos para compartir y apreciaré mucho vuestros comentarios.
En este momento me encuentro colaborando con la Asociación Amigos de Villa Ocampo.
Los invito a visitar la página www.villaocampo.org esperando poder recibirlos en la casa que fuese la confluencia de intelectuales, artistas, músicos y aquella élite europea y asiática que nutrió a la Argentina de los años treinta.
Hoy la casa se encuentra restaurada y puesta el valor y aspira a convocar a aquellos que sientan que la cultura y el arte son el instrumento de expansión espiritual que nos salva.
La idea es publicar relatos/cuentos para compartir y apreciaré mucho vuestros comentarios.
En este momento me encuentro colaborando con la Asociación Amigos de Villa Ocampo.
Los invito a visitar la página www.villaocampo.org esperando poder recibirlos en la casa que fuese la confluencia de intelectuales, artistas, músicos y aquella élite europea y asiática que nutrió a la Argentina de los años treinta.
Hoy la casa se encuentra restaurada y puesta el valor y aspira a convocar a aquellos que sientan que la cultura y el arte son el instrumento de expansión espiritual que nos salva.

?Hola! Muchas gracias por haber entrado en mi blog.
La idea es publicar relatos/cuentos para compartir y apreciaré mucho vuestros comentarios.
Para aquellos escritores que deseen editar y publicar, puedo ayudarlos ofreciéndoles asesoramiento.
Formo parte de una editorial que se especializa en "autores por primera vez".
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Para aquellos escritores que deseen editar y publicar, puedo ayudarlos ofreciéndoles asesoramiento.
Formo parte de una editorial que se especializa en "autores por primera vez".
sábado, octubre 18, 2008
No dejen de visitarla!!!

SAINT-EXUPÉRY EN LA ARGENTINA, 1929 - 1930
10 octubre – 2 noviembre de 2008
Días y horariosDel viernes 10 de octubre al domingo 2 de noviembre
De miércoles a domingo, de 12,30 a 18
Entrada$ 10Miércoles gratis
UbicaciónVilla OcampoElortondo 1837, Beccar, San Isidro (Alt. Av. del libertador 17400)www.villaocampo.org / 4732-4988OrganizanUNESCO / Proyecto Villa OcampoDirección General de Cultura de la Municipalidad de San Isidro.
Saint-Exupéry en la Argentina, 1929 - 1930
El escritor y piloto Antoine de Saint-Exupéry fue, durante toda su vida, un hombre de aventura y de compromiso. Su obra breve pero intensa está traducida y es conocida en el mundo entero. A modo de ejemplo, El Principito, existe hoy en día en 144 idiomas y fue difundida en varias decenas de millones de ejemplares.
El Proyecto Villa Ocampo de la UNESCO y la Dirección General de Cultura de la Municipalidad de San Isidro han organizado una exposición sobre la vida, la obra y el mensaje de Saint-Exupéry en la Argentina, abarcativo de un público amplio. La muestra cuenta con el apoyo de la Alianza Francesa, de los servicios culturales de la Embajada de Francia y de la familia de Saint Exupéry.
La exposición tendrá lugar en Villa Ocampo, la casa de Victoria Ocampo que visitó Saint-Exupéry durante su estadía en Argentina. Saint-Exupéry residió en Argentina de 1929 a 1930, luego de la publicación de Courrier Sud, como director de la Aeroposta Argentina. Al llegar a Buenos Aires, se alojó en el Hotel Majestic, donde se encontró con Le Corbusier, que traía un proyecto de casa para Victoria Ocampo. Saint-Ex llevó a pasear a Le Corbusier sobre Buenos Aires, vuelo que sin duda influenció los trabajos del famoso arquitecto sobre la urbanización de nuestra ciudad. En una conferencia de Benjamín Crémieux en Amigos del Arte de Buenos Aires, Saint-Ex conoció a Consuelo Suncin, salvadoreña, con la que tuvo un conocido romance que culminó en el casamiento de ambos apenas regresaron a Francia.
Saint-Ex efectuó legendarias misiones y vuelos en la Patagonia. Todas las ciudades por las que pasó conservan su recuerdo en hoteles, restaurantes, casas, o a través de fotos inéditas, testimonios y recuerdos. También en Buenos Aires escribió su novela Vuelo nocturno, publicada por Gallimard en 1932 que se sitúa en Argentina; es uno de los grandes best sellers del siglo XX. Hollywood lo llevó al cine y Guerlain lanzó un perfume que rinde homenaje al correo aéreo.
Finalmente, en Tierra de Hombres, de 1939, Saint-Exupéry ubica dos de sus capítulos en Argentina: el Oasis con la historia de princesas de Argentina del castillo San Carlos en Concordia y el rescate de Guillaumet en la Cordillera de los Andes.
Se trata entonces de relatar todo eso en una exposición que no se limitará a repetir lugares comunes de la vida de Saint-Ex, sino que se basará en una extensa investigación que incluye aspectos inéditos de la estadía de Saint-Ex en la Argentina.
La muestra abarcará fotografías de lugares, aviones y personajes, cartas, afiches de los correos aéreos sudamericanos, manuscritos y correspondencia con sus amigos argentinos, las ediciones argentinas de su obra, las obras que le rinden homenaje en Argentina, la leyenda, los lugares que llevan su nombre (pico Saint-Exupéry de lacordillera, aeropuerto de San Antonio Oeste), los artículos de la época, las películas documentales sobre él y sobre el Correo Aéreo, los dibujos y caricaturas, las cartas a su madre desde Buenos Aires y una maqueta de un avión Laté 25 en el que volaba Saint- Ex.
El Espacio Saint-Exupéry y la Sociedad Civil de Herederos Saint-Exupéry en Paris proveen materiales originales y obtuvieron documentos de archivos nacionales de Francia.
La exposición de Villa Ocampo se complementará con una semana de eventos en la Alianza Francesa, donde habrá conferencias y un ciclo de cine que abarcará películas relacionadas con Saint Exupéry.
Se publicará un catálogo de 64 páginas con muchos materiales inéditos, fruto de una larga investigación sobre el tema. Está prologado y editado por María Gainza.
La exposición se inaugurará el jueves 9 de octubre a las 19 horas.
OrganizanProyecto Villa Ocampo – UNESCO y su Asociación de AmigosDirección General de Cultura de la Municipalidad de San Isidro
ParticipanEmbajada de Francia en la ArgentinaAlianza FrancesaEspacio Saint-ExupérySociedad Civil Saint-ExupéryAsociación Vuelo Nocturno
AuspicianAir FranceBanco SuperviellePetrobrasDukeCliderFP Impresora
Los materiales expuestos provienen deAir FranceMuseo de Aeronáutica de MorónSociedad Argentina de AerofilateliaMunicipalidad de Río GallegosArchivo Histórico de la Provincia de Santa CruzMuseo Casa GregoresAsociación Histórica y Cultural Gral. PachecoFamilia AlmonacidEl Fogón de los Arrieros de Resistencia, ChacoArchivo Histórico de El CalafateFamiliares de amigos y colegas de Saint-Exupéry: Julio y Mónica Simonatto, Nora y Jorge Fuchs, Ricardo Gross (h), Clorinda Giubetic de Álvarez , Nelly Raponi, Lina Pellaton y Santiago Da Ré, Mabel Selvetti, Vito Palazzo y Sra. Lelia V. de Palazzo, Nora Weil.
Archivos: La Prensa y La Nación, Biblioteca Nacional, Cinemateca
martes, agosto 26, 2008
Ani
Sonia, 5 de abril de 2008.
Para Ani Zhuang Liu, quien día a día me enseña sin darse cuenta cómo educar a mi hija.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
El ámbito que me rodea ahora se le parece al de aquel entonces. La placita triangular, las veredas originales de la época, gente que va y viene y el vendedor ambulante que vi en ese entonces y al que vuelvo a ver ahora a través de la ventana del barcito en el que te estoy esperando. Y sos vos lo único que cambia el escenario. Tu inminente presencia.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
Ani, Sonia, 5 de abril de 2008.
Para Ani Zhuang Liu, quien día a día me enseña sin darse cuenta cómo educar a mi hija.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
Para Ani Zhuang Liu, quien día a día me enseña sin darse cuenta cómo educar a mi hija.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
El ámbito que me rodea ahora se le parece al de aquel entonces. La placita triangular, las veredas originales de la época, gente que va y viene y el vendedor ambulante que vi en ese entonces y al que vuelvo a ver ahora a través de la ventana del barcito en el que te estoy esperando. Y sos vos lo único que cambia el escenario. Tu inminente presencia.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
Ani, Sonia, 5 de abril de 2008.
Para Ani Zhuang Liu, quien día a día me enseña sin darse cuenta cómo educar a mi hija.
Mi nombre es Ani y soy una niña de apenas nueve años. Nací un otoño porteño cuando hacía sólo unos meses que mis padres habían desembarcado por casualidad en Buenos Aires. ¿Por qué casualidad? ...Esta es la historia:
Mis padres se casaron en Beijing, allá por los noventa. Tiempos en los que muchos pares buscaban otro tipo de vida lejos de allí. Un contacto, David, también chino, les prometió una visa para los Estados Unidos en dónde mamá y papá tenían a varios compatriotas conocidos. Así que todos sus ahorros, más la ayuda de las respectivas familias, fueron a parar a bolsillos de “don” David, quien se dio el lujo de hacerse esperar. El “mientras” fue muy doloroso pues con los bolsos hechos y la pena de una promesa sin cumplir, pasaban los días y las ilusiones se iban tiñendo de gris.
Una mañana de primavera, mientras mamá bordaba en la galería de la modesta casa de sus padres, David se hizo escuchar por última vez...
- Ana, les conseguí la visa para Argentina, es un país grande también. Vayan nomás, después verán como encontrarse con sus amigos. Si no lo hacen pronto se vencerá el plazo. Y cortó.
Pasaron algunos días y mis padres volaron en muchos tramos y horas a Buenos Aires...No conocían a nadie, no sabían el idioma, estaban perdidos en una gran ciudad en donde el invierno era casi cálido.
- Qué raro Michael, hace calor acá y nos dijeron en el avión que ya era invierno...
Papá sonrió y con su campera de corderito bajo el brazo, miró el horizonte gris y plano que se extendía a lo largo de la autopista Richieri. Le preguntaron mediante señas y palabras sueltas al colectivero adonde era el barrio chino en Buenos Aires. Al cabo de una hora larga estaban en la esquina de Montañeses y Arribeños. Es increíble, aún hoy, mientras yo escribo estas líneas en la computadora de mi Sonia, mi madre argentina, ellos siguen en esa esquina. Claro, mi mamá ya no es una paracaidista llegada de China, y mi papá es un señor chino muy occidentalizado.
Pasaron casi diez años. Hago una...diríamos doble vida: una china, y otra argentina. Tengo dos familias, la propia y la adquirida. Vivo en el barrio chino en un ph modesto pero no me falta nada. Mis padres tienen un negocio y trabajan de martes a domingo de corrido y muchas horas. Durante la semana vivo con ellos y como chowfan y empanaditas chinas, entre otras cosas. En cambio el fin de semana, ayudo a Felipe a hacer el asado. A pesar de ser hija única tengo una hermana. Se llama Delfina. Es muy linda, siempre se lo digo. Físicamente somos muy diferentes. Ella es rubia, de ojos color miel, blanca y delgada. Yo soy de tez oscura, mi pelo es negro azabache y soy muy alta: salgo a mis padres. A pesar de esto: somos muy parecidas: nos gusta leer y jugar con las princesas de Disney. Yo no fui nunca pero vi todas las películas en su casa y me rodean todos los fines de semana sus personajes. Disfrutamos mucho y qué bien que lo paso...conozco muchos countries de las afueras de Buenos Aires, restaurantes, el campo argentino...mi “madrina” como la llamo a Sonia, siempre me explica qué son los gauchos, la historia de las estancias y hasta me ofrece un mate de vez en cuando. Escuchamos música de Piazzolla y hasta frecuento a Guillermo Vilas. Me encantan el dulce de leche y un chico llamado Facundo. ¡Por él me hice de Boca!
A veces, cuando estoy en mi casa con mis padres, los veo rodeados de dragones, telas brillantes y ese olor tan característico de las casas chinas y me pregunto si sabrán que existe otro mundo allá afuera. Si, yo les cuento mi vida en casa de los Perez, pero no se si llegan a entender. Porque ya no soy Ani, la amiga china de Delfina. Soy Ani, una niña porteña con la apariencia, la forma de hablar, el encanto y las dudas de las niñas de Belgrano y del colegio a dónde mis padres con gran esfuerzo me mandan. Porque eso si que lo valoraré siempre: ellos no descansan para que yo esté donde estoy. Lo que no se si saben es que estoy en el perfecto equilibrio: entre oriente y occidente, entre ser hija única y no serlo. Aplicando día a día la sabiduría de oriente en el revoltoso occidente. Y trato, con algunos consejos que Delfina sea menos caprichosa y que valore todo el tiempo que sus padres a ella le dedican.
Para mi, lo más importante es tenerla y que ella me tenga a mi. Para siempre. Soy una niña aún pero lo sé. Lo siento y es recíproco. Sus ojos me lo confirman día a día.
Mis padres siempre me dicen que Dios sabe porqué hace las cosas y que gracias a aquella estafa de un compatriota, Delfina y yo caminamos y descubrimos el mundo juntas: el de ella y el mío, que ya es el nuestro.
Para Kechi, Lucrecia Lucantis de Chaillou, 5/07/08.
Hace veinte años...decidí ir a tu encuentro. Para ello, me subí a un ómnibus en Retiro y en una noche llegué a San Francisco, Córdoba. Allí estabas visitando a tu hermano, Alejandro Lucantis.
Fue instantáneo, tu delicada figura me llevó a quererte sin preámbulo. Vi en vos una mujer fuerte pero extremadamente femenina y delicada. Tus profundos ojos marrones me invitaron a acercarme esquivando a tíos, primos y sobrinos que efusivamente recibían a “Sonia de Buenos Aires”. Al cabo de unas horas sentí la necesidad de pasar mucho tiempo a tu lado, escuchándote, contándote...te interesaste mucho por mi trabajo en la Secretaría de Cultura. Y te reías con mis historias acerca de los días al lado de Julio Bárbaro.
Me contaste que vivías en Santiago del Estero, que te habías casado muy joven y que tenías dos hijos. Recreaste tu infancia en Belgrano, cuando pasabas muchas horas en casa de mi abuela.
Mi visita fue de un día pues a la noche me tomé el bus de regreso.
Ya Sonia tenía adentro de su corazón a Lucrecia y nada volvería a ser como antes.
Pasaron algunos meses y decidí ir a verla a Santiago. Mi madre me advirtió que Lucrecia y su familia no gozaban de una buena situación económica por lo que no me anuncié mucho. Llegué un sábado al mediodía y con hotel reservado. No quería molestarlos.
El encuentro fue muy emocionante...nadie la había ido a visitar al interior desde que ella había dejado Buenos Aires a los veinte años. Me di cuenta de que estaba algo nerviosa. La casa era amplia y digna. Las bibliotecas estaban repletas de libros y de revistas. Eso me confirmó que Kechi era una gran lectora, característica que percibí en la charla en Córdoba. Ella había dispuesto todo para recibirme. Ese día hacía treinta y muchos grados de temperatura y sin embargo, sentí esa brisa de la felicidad pura, de los instantes que nos hacen agradecer a Dios el estar, el ser.
Miramos fotos y nos contamos muchas cosas hasta el atardecer, momento en que decidimos ir a la Iglesia. Todo el mundo la saludaba con respeto y con amabilidad. Ella, tomada de mi brazo, me contaba historias antiguas de pobladores de la provincia, de amores clandestinos...La volví a sentir dentro de mi corazón, ahora viéndola en su ámbito, junto a los suyos...
No dormí en toda la noche recreando ese día maravilloso, esperando la hora prudente para caminar hacia la casa de Lucrecia.
Allí me esperaba el desayuno más delicioso que jamás haya tenido. La mesa puesta impecablemente, la vajilla, los scons, las tostaditas, los dulces. Todo hecho por ella. La mantelería blanca e impecable.
Al mediodía regresé a Buenos Aires, como se regresa de un viaje, habiendo conocido la otra orilla, sabiendo que Lucrecia y yo ya éramos una para siempre.
Hace un rato la llamé a Santiago. Hacía algunos meses que no conversábamos. Y hace veinte años que la fui a ver.
¡Cuánta alegría sentí al escuchar su voz, al saber que la tengo, que me tiene...!
Hablamos hasta por los codos sin dejar casi tema afuera . Es graciosa, ocurrente y sumamente inteligente. Y casualmente, ¡me preguntó por Julio Bárbaro!...como hace veinte años.
A veces me dan ganas de tomar un avión a Santiago y sorprenderla nuevamente...se lo he insinuado muchas veces y he sabido respetar que ella quiere mantener las cosas así. Seguramente por pudor, por dignidad...no lo sé. También le he ofrecido venir a Buenos Aires pero no ha aceptado y no quise insistir.
Pero siempre está presente en mis actos, en mis días, en mis decisiones. Le escribo muy a menudo y la tengo al tanto de mi vida. Ella, en cambio con gran esfuerzo me llama por teléfono. También va conmigo a todas partes, pues soy un poco lo que ella es. Hay un lugar en especial al que vamos juntas a pesar de la distancia: y es a Villa Ocampo. Porque es ahí, en ese lugar que Lucrecia si deja Santiago para recorrer esa casa de punta a punta desplegando todo su encanto y estilo.
Hace veinte años...decidí ir a tu encuentro. Para ello, me subí a un ómnibus en Retiro y en una noche llegué a San Francisco, Córdoba. Allí estabas visitando a tu hermano, Alejandro Lucantis.
Fue instantáneo, tu delicada figura me llevó a quererte sin preámbulo. Vi en vos una mujer fuerte pero extremadamente femenina y delicada. Tus profundos ojos marrones me invitaron a acercarme esquivando a tíos, primos y sobrinos que efusivamente recibían a “Sonia de Buenos Aires”. Al cabo de unas horas sentí la necesidad de pasar mucho tiempo a tu lado, escuchándote, contándote...te interesaste mucho por mi trabajo en la Secretaría de Cultura. Y te reías con mis historias acerca de los días al lado de Julio Bárbaro.
Me contaste que vivías en Santiago del Estero, que te habías casado muy joven y que tenías dos hijos. Recreaste tu infancia en Belgrano, cuando pasabas muchas horas en casa de mi abuela.
Mi visita fue de un día pues a la noche me tomé el bus de regreso.
Ya Sonia tenía adentro de su corazón a Lucrecia y nada volvería a ser como antes.
Pasaron algunos meses y decidí ir a verla a Santiago. Mi madre me advirtió que Lucrecia y su familia no gozaban de una buena situación económica por lo que no me anuncié mucho. Llegué un sábado al mediodía y con hotel reservado. No quería molestarlos.
El encuentro fue muy emocionante...nadie la había ido a visitar al interior desde que ella había dejado Buenos Aires a los veinte años. Me di cuenta de que estaba algo nerviosa. La casa era amplia y digna. Las bibliotecas estaban repletas de libros y de revistas. Eso me confirmó que Kechi era una gran lectora, característica que percibí en la charla en Córdoba. Ella había dispuesto todo para recibirme. Ese día hacía treinta y muchos grados de temperatura y sin embargo, sentí esa brisa de la felicidad pura, de los instantes que nos hacen agradecer a Dios el estar, el ser.
Miramos fotos y nos contamos muchas cosas hasta el atardecer, momento en que decidimos ir a la Iglesia. Todo el mundo la saludaba con respeto y con amabilidad. Ella, tomada de mi brazo, me contaba historias antiguas de pobladores de la provincia, de amores clandestinos...La volví a sentir dentro de mi corazón, ahora viéndola en su ámbito, junto a los suyos...
No dormí en toda la noche recreando ese día maravilloso, esperando la hora prudente para caminar hacia la casa de Lucrecia.
Allí me esperaba el desayuno más delicioso que jamás haya tenido. La mesa puesta impecablemente, la vajilla, los scons, las tostaditas, los dulces. Todo hecho por ella. La mantelería blanca e impecable.
Al mediodía regresé a Buenos Aires, como se regresa de un viaje, habiendo conocido la otra orilla, sabiendo que Lucrecia y yo ya éramos una para siempre.
Hace un rato la llamé a Santiago. Hacía algunos meses que no conversábamos. Y hace veinte años que la fui a ver.
¡Cuánta alegría sentí al escuchar su voz, al saber que la tengo, que me tiene...!
Hablamos hasta por los codos sin dejar casi tema afuera . Es graciosa, ocurrente y sumamente inteligente. Y casualmente, ¡me preguntó por Julio Bárbaro!...como hace veinte años.
A veces me dan ganas de tomar un avión a Santiago y sorprenderla nuevamente...se lo he insinuado muchas veces y he sabido respetar que ella quiere mantener las cosas así. Seguramente por pudor, por dignidad...no lo sé. También le he ofrecido venir a Buenos Aires pero no ha aceptado y no quise insistir.
Pero siempre está presente en mis actos, en mis días, en mis decisiones. Le escribo muy a menudo y la tengo al tanto de mi vida. Ella, en cambio con gran esfuerzo me llama por teléfono. También va conmigo a todas partes, pues soy un poco lo que ella es. Hay un lugar en especial al que vamos juntas a pesar de la distancia: y es a Villa Ocampo. Porque es ahí, en ese lugar que Lucrecia si deja Santiago para recorrer esa casa de punta a punta desplegando todo su encanto y estilo.
Saber cosechar
El ámbito que me rodea ahora se le parece al de aquel entonces. La placita triangular, las veredas originales de la época, gente que va y viene y el vendedor ambulante que vi en ese entonces y al que vuelvo a ver ahora a través de la ventana del barcito en el que te estoy esperando. Y sos vos lo único que cambia el escenario. Tu inminente presencia.
No hice la mudanza de un tirón como se esperaba. Calculé que toda la familia se encontrase de vacaciones y fui llevándome aquellos muebles y objetos que había atesorado durante muchos años. El espejo que había heredado de Lorna, los biombos color uva que siempre había ponderado, el necessaire que supuestamente había pertenecido a Victoria Ocampo, la jarra de vino italiana pintada a mano que un fin de año le habían regalado a mis padres - cuando celebramos el año nuevo en ese espléndido hotel de Piazza Spagna - , el velador de opalina blanca con florcitas que ahora tiene en su casa mi hermana, y tantos objetos más que iré recordando mientras transcurra este relato...
Tenía veinticuatro años y pensaba que podía sola. Había elegido el departamento casi inmediatamente y hoy, con la perspectiva que otorgan los años, me doy cuenta de que la elecciones requieren algo más, que el instante mismo del deslumbramiento. Así como los frutos necesitan madurar para ser cosechados, debí en ese entonces pensarlo mejor. Los primeros tiempos fueron de pura alegría. Claro, hacer las primeras compras de vajilla, instalar los posters ya enmarcados, celebrar las reuniones de inauguración, y porqué no, lavar la ropa y tenderla en el lavadero para que los “nuevos aires” las secasen. Y ahí el primer indicio de me había mudado: otro olor en mi ropa.
Trabajaba hasta las siete y media de la tarde por lo que en general empalmaba con alguna salida nocturna. En el momento de introducir la llave en la puerta del edificio, el primer nudo en la garganta. El segundo llegaría al abrir la de mi departamento y el tercero al apagar el velador. La mañana: la felicidad, aunque siempre teñida del sabor amargo de saber que a la noche cuando llegara de vuelta la casa estaría vacía y fría. Porque aún en verano ese departamento era muy frío. Había sido construido en los años cincuenta con paredes gruesas y pisos de granito. Como el barrio era de gente tradicional, casi todos los habitantes del condominio mayores. ¡No había ruido ni en las fiestas de fin de año! Lamentablemente, me fui mimetizando con la vivienda y cada día escuchaba la música más baja y casi no prendía la tele para no molestar a los del “A”. Me deprimí, fueron tiempos duros porque me debatía entre mi nueva vida de joven independiente y los deseos furiosos de volver a casa de mis padres o de casarme. Y eso fue lo que hice: me casé con mi novio de entonces para que la casa cobrara vida pensando que yo también la recobraría.
Ya pasaron veinte años y miro hacía atrás y me doy cuenta de que no era “el departamento” lo que no me permitía ser feliz. Era yo que no sabía esperar a que las cosas madurasen para empezar a disfrutarlas. Hoy te espero sentada a la mesa de este bar y de la vida, sabiendo que gracias a la cosecha de nuestro amor, seremos felices.
Sonia, 12 de mayo de 2008.
No hice la mudanza de un tirón como se esperaba. Calculé que toda la familia se encontrase de vacaciones y fui llevándome aquellos muebles y objetos que había atesorado durante muchos años. El espejo que había heredado de Lorna, los biombos color uva que siempre había ponderado, el necessaire que supuestamente había pertenecido a Victoria Ocampo, la jarra de vino italiana pintada a mano que un fin de año le habían regalado a mis padres - cuando celebramos el año nuevo en ese espléndido hotel de Piazza Spagna - , el velador de opalina blanca con florcitas que ahora tiene en su casa mi hermana, y tantos objetos más que iré recordando mientras transcurra este relato...
Tenía veinticuatro años y pensaba que podía sola. Había elegido el departamento casi inmediatamente y hoy, con la perspectiva que otorgan los años, me doy cuenta de que la elecciones requieren algo más, que el instante mismo del deslumbramiento. Así como los frutos necesitan madurar para ser cosechados, debí en ese entonces pensarlo mejor. Los primeros tiempos fueron de pura alegría. Claro, hacer las primeras compras de vajilla, instalar los posters ya enmarcados, celebrar las reuniones de inauguración, y porqué no, lavar la ropa y tenderla en el lavadero para que los “nuevos aires” las secasen. Y ahí el primer indicio de me había mudado: otro olor en mi ropa.
Trabajaba hasta las siete y media de la tarde por lo que en general empalmaba con alguna salida nocturna. En el momento de introducir la llave en la puerta del edificio, el primer nudo en la garganta. El segundo llegaría al abrir la de mi departamento y el tercero al apagar el velador. La mañana: la felicidad, aunque siempre teñida del sabor amargo de saber que a la noche cuando llegara de vuelta la casa estaría vacía y fría. Porque aún en verano ese departamento era muy frío. Había sido construido en los años cincuenta con paredes gruesas y pisos de granito. Como el barrio era de gente tradicional, casi todos los habitantes del condominio mayores. ¡No había ruido ni en las fiestas de fin de año! Lamentablemente, me fui mimetizando con la vivienda y cada día escuchaba la música más baja y casi no prendía la tele para no molestar a los del “A”. Me deprimí, fueron tiempos duros porque me debatía entre mi nueva vida de joven independiente y los deseos furiosos de volver a casa de mis padres o de casarme. Y eso fue lo que hice: me casé con mi novio de entonces para que la casa cobrara vida pensando que yo también la recobraría.
Ya pasaron veinte años y miro hacía atrás y me doy cuenta de que no era “el departamento” lo que no me permitía ser feliz. Era yo que no sabía esperar a que las cosas madurasen para empezar a disfrutarlas. Hoy te espero sentada a la mesa de este bar y de la vida, sabiendo que gracias a la cosecha de nuestro amor, seremos felices.
Sonia, 12 de mayo de 2008.
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